¿Por qué temo perder el control? Guía para entender el miedo a los propios impulsos

Sentir que tu propia mente te traiciona es una de las experiencias más angustiantes que un ser humano puede atravesar. Imagina que vas conduciendo y, de pronto, cruza por tu mente la idea: «¿Y si giro el volante hacia el carril contrario?». O que, mientras sostienes a un bebé, piensas: «¿Y si se me cae a propósito?».

Si has experimentado esto, lo primero que debes saber es que no eres una mala persona, ni te estás volviendo loco. Estás experimentando lo que en psicología llamamos miedo a los propios impulsos o fobia de impulsión.

¿Qué es exactamente el miedo a los propios impulsos?

El miedo a los propios impulsos se define como el temor intenso y persistente a perder el control sobre uno mismo y cometer un acto violento, inmoral o socialmente inaceptable, en contra de la propia voluntad y valores.

Es una paradoja cruel: precisamente porque eres una persona pacífica y responsable, la sola idea de hacer algo dañino te genera un terror paralizante. No se trata de un deseo de actuar, sino de un miedo a la posibilidad de actuar. En psicología, esto se manifiesta a través de los pensamientos intrusivos: imágenes o ideas no deseadas que irrumpen en la conciencia y que el individuo interpreta como una amenaza real.

Los orígenes del miedo: ¿Por qué aparece?

No existe una causa única, sino una combinación de factores biológicos, temperamentales y aprendidos:

1. El rasgo de la hiperresponsabilidad

La mayoría de las personas que sufren este miedo tienen un sentido moral muy rígido. Son personas «demasiado buenas», que sienten que deben controlar cada aspecto de su comportamiento para no fallar a los demás. Esta autoexigencia convierte cualquier pensamiento aleatorio en una «evidencia» de maldad. En su esquema mental, no existe el error: si el pensamiento ha cruzado su mente, se sienten responsables de él como si fuera una intención consciente.

2. Educación y perfeccionismo

Haber crecido en entornos donde las emociones negativas (ira, envidia, tristeza) estaban prohibidas o eran castigadas, fomenta la creencia de que tener un «mal pensamiento» es tan grave como cometer una «mala acción». Si de niño aprendiste que sentir enfado era «ser malo», de adulto tu sistema de alerta se disparará ante cualquier idea que sugiera agresividad, interpretándola como una amenaza inminente a tu identidad.

3. El sesgo de «Fusión Pensamiento-Acción»

Este es un error cognitivo fundamental. La persona cree que pensar algo es equivalente a hacerlo, o que el hecho de pensar en un desastre aumenta las probabilidades de que este ocurra. Para quien sufre este sesgo, la frontera entre la imaginación y la realidad se difumina, generando una alarma innecesaria ante contenidos mentales puramente ficticios.

4. La herencia evolutiva: El «Cerebro Centinela»

Desde una perspectiva evolutiva, nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia, no para la felicidad. Poseemos lo que los psicólogos llamamos un sistema de detección de amenazas extremadamente sensible. En la antigüedad, visualizar un peligro antes de que ocurriera permitía prevenirlo. Sin embargo, en personas con tendencia a la ansiedad, este sistema se «sobrecalienta». El cerebro lanza escenarios de «lo peor que podría pasar» (como hacer daño a alguien) no porque quiera que ocurra, sino para que estés alerta y lo evites. El problema es que el sujeto interpreta esta simulación de seguridad como un impulso real de ataque.

5. Vulnerabilidad biológica y neuroquímica

No podemos ignorar la base orgánica. Se ha observado que en cuadros relacionados con el miedo a los impulsos existe una desregulación en los circuitos que conectan la corteza orbitofrontal (encargada de la toma de decisiones y el control de impulsos) con los ganglios basales. Cuando estos circuitos no filtran correctamente la información, los pensamientos intrusivos «se quedan pegados» en la conciencia en lugar de fluir y desaparecer. Esto suele ir acompañado de un déficit funcional de serotonina, el neurotransmisor que ayuda a gestionar la flexibilidad cognitiva y la calma.

6. Estados de estrés crónico o fatiga cognitiva

A menudo, este miedo no aparece de la nada, sino en periodos de gran vulnerabilidad emocional. Cuando el sistema nervioso está agotado por el estrés laboral, una ruptura o el agotamiento físico (como sucede en el posparto), la capacidad del cerebro para inhibir pensamientos irrelevantes disminuye drásticamente. En este estado de «mente cansada», las ideas más extrañas y oscuras tienen vía libre para colarse en el primer plano de la atención, asustando a un individuo que ya se encuentra con las defensas bajas.

¿Por qué se mantiene el miedo? El ciclo de la ansiedad

Si el pensamiento es solo una idea pasajera, ¿por qué se queda atrapado en nuestra cabeza? La respuesta está en la resistencia.

  1. La interpretación catastrófica: Aparece un pensamiento intrusivo. En lugar de decir «qué idea tan rara», la persona piensa: «Si he pensado esto, es porque en el fondo quiero hacerlo».

  1. La lucha interna: Se intenta suprimir el pensamiento. Sin embargo, en psicología sabemos que «lo que resistes, persiste». Intentar no pensar en un oso blanco solo hace que el oso blanco aparezca en cada rincón de tu mente.

  1. Las conductas de evitación y comprobación: Para calmar la ansiedad, la persona empieza a evitar situaciones. Deja de usar cuchillos, evita quedarse a solas con personas vulnerables o busca constantemente reafirmación en los demás («¿Verdad que soy buena persona?»). Estas conductas alivian el miedo a corto plazo, pero refuerzan la idea de que el peligro es real a largo plazo.

Trastornos relacionados

El miedo a los impulsos es un síntoma transversal que suele aparecer en:

Cómo afrontar el miedo: El camino hacia la libertad

La clave para superar este miedo no es aprender a controlar mejor tus pensamientos, sino aprender a dejar de controlarlos.

Aceptación radical

Aceptar que el cerebro produce «ruido mental». No todos los pensamientos son mensajes de tu subconsciente; muchos son simplemente basura neurológica sin significado real.

Exposición con Prevención de Respuesta (EPR)

Es la técnica de elección. Consiste en exponerse al pensamiento temido sin realizar ninguna conducta de evitación o comprobación. Con el tiempo, el cerebro se habitúa a la idea y deja de enviarla como una señal de alarma.

Defusión Cognitiva

Aprender a observar los pensamientos como si fueran nubes en el cielo. «Estoy teniendo el pensamiento de que podría perder el control», en lugar de «Voy a perder el control». Esta pequeña distancia marca la diferencia entre la angustia y la calma.

Reflexión final: Tu bondad es tu brújula

Si estás leyendo esto con el corazón acelerado, quiero decirte algo importante: Tu miedo es la prueba más grande de tu integridad. Solo alguien que valora profundamente la vida, el respeto y el amor puede sentirse tan aterrorizado ante la idea de causar daño. Tu mente te está jugando una mala pasada utilizando tus mejores valores en tu contra. No eres tus pensamientos; eres el observador que decide qué hacer con ellos. No tienes que luchar contra el monstruo que crees tener dentro, solo tienes que encender la luz y darte cuenta de que el monstruo era solo una sombra proyectada por tu propio miedo a ser humano.

¿Sientes que tus pensamientos te dominan?

No tienes que recorrer este camino en soledad. Recuperar la tranquilidad es posible con el acompañamiento adecuado.

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